Crecer
Hola Lola Vicente, ya me vino lo de crecer y sentí escribirlo y compartirlo con el resto de gente.
Lo que me vino cuándo le dí espacio a tu pregunta fue romper límites, estructuras, de ahí me pensé en la sensación, y de ahí en la dopamina, y de ahí terminé en el tema con el que ando últimamente en la cabeza, la neurobiología, y de ahí me vino la hormona de crecimiento y los factores de crecimiento, que regulan la neuroplasticidad, y de ahí me vino que tenía que escribir sobre ello a ver qué encuentro, pues esto es una exploración y una invitación a una exploración para quien lo lea.
Crecer es una sensación, esa sensación de que la vida merece la pena ser vivida, que hace sentido, incluso con las dificultades. No crecer es estancamiento, una forma de muerte, interna al menos, que seguramente nos acosa a todas en algún momento.
Hay un crecer básico, externo, material, que tiene que ver con encontrar menos obstáculos y sentir más espacio para moverse, mayor independencia y control sobre la propia vida.
La independencia, la libertad de acción es necesaria. Pero me parece que hay una trampa con eso que pasa totalmente desapercibida.
Me da que ese tipo de crecimiento, de libertad e independencia, es una condición necesaria pero no suficiente del crecimiento.
La pregunta obvia es, libertad e independencia… ¿para qué?
La independencia da sensación de expansión, y en eso se parece al crecimiento, pero se queda ahí, no lleva a nada más que a esa sención, no tiene propósito o dirección, y me viene decir que de hecho, si esa independencia no encuentra un porqué, algo que efectivamente haga crecer, te termina por dejar más vacia que llena.
Y acá llegamos a la neuroplasticidad.
La neuroplasticidad no se da al pedo, se da cuando nos encontramos frente a un desafio, un reto, algo difícil, y lo superamos. Eso genera una cascada de señales químicas y nerviosas que se sienten increiblemente bien.
No el increíblemente bien del helado de chocolate, un increiblemente bien de plenitud, de vida que merece la pena ser vivida.
Vamos a cazar elefantes por las habitaciones.
El problema está en la dificultad.
Dificultad implica esfuerzo, desgaste, energía, lucha, es decir todo aquello que nuestro cerebro odia.
Mi tesis, y la semana pasada me puse a escribir un libro sobre la investigación que recién comencé con todo esto, es que el final de la niñez y la adolescencia marca un punto en el que crecer se convierte en algo costoso, lento, algo con lo que luchar, algo que alcanzar a base de lograr metas.
De nenes crecemos y ya, jugando fundamentalmente, o todo lo que nos dejan esas personas que se creen que para crecer hay que esforzarse y trabajar duro.
De nenes sabemos que crecer es vivir, lo hacemos sin darnos cuenta, sin meta.
Así que hacerse grandes consiste en dejar de crecer porque sí para comenzar a crecer por imposición, y aunque sea autoimposición es lo mismo.
Cuando comenzaba en substack hace año y medio escribí una serie sobre vivir a través de la dopamina, sobre dejarse llevar, sobre dejarse llevar y aprender, que es crecer.
Las metas son autoimposiciones, y le quitan el juego y la dopamina a la dificultad, norepinefrinándonos la vida, el crecimiento. Y nuestro cerebro termina diciendo “pá su puta madre”, y se convierte en nuestro mayor enemigo para el crecimiento.
Nuestro cerebro nos boicotea, es un descubrimiento reciente que tengo, pero no es que nos boicotee, es que va a por nosotras a muerte, no porque sea nuestro enemigo, sino porque nosotras nos convertimos en el suyo a base de tratar de imponerle cosas, de tratar de dirigirle, y es de esa forma que la vida se convierte en un conflicto.
Y para no sentir el conflicto acudimos a todas esas fuentes de dopamina barata que el mundo y sus dealers nos ofrecen, a cambio del nada barato precio de dejar de crecer, es decir de vivir.
Hay muchas más cosas, lo dejo todo a medias, de hecho ni siquiera dije lo que sentía decir, ni cómo quería decirlo, pero algo me dice que no es el momento. Además, ¡¿para qué carajos estoy escribiendo un libro si no?!

